Intervención de la Presidenta de la Asamblea General Reunión de Alto Nivel Eliminación Total de las Armas Nucleares
La Presidenta de la Asamblea General llama a la acción global para eliminar las armas nucleares y priorizar la paz, el desarme y la justicia climática.
Reunión de Alto Nivel por el Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares
Sede de las Naciones Unidas, Nueva York.- Excelencias:
No creamos las Naciones Unidas hace 80 años porque la paz fuera el estado natural de la humanidad.
Desde el momento en que aprendimos a fabricar lanzas y cuchillas, la humanidad convirtió herramientas en armas.
A medida que esas armas se volvieron más sofisticadas, nuestras guerras se volvieron más brutales, culminando en la destrucción total del siglo pasado.
En Hiroshima y Nagasaki, en dos instantes cegadores, la humanidad enfrentó una verdad aterradora: habíamos adquirido la capacidad de borrar la civilización misma.
Por eso necesitamos, por eso construimos, esta Organización. Nuestras Naciones Unidas.
No solo por las aspiraciones del multilateralismo y la cooperación, sino como un freno contra nuestros instintos más destructivos.
Una estrella guía que nos aleje de los infiernos que nosotros mismos hemos creado.
Sin embargo, 80 años después, el flagelo de la guerra no ha sido erradicado.
A pesar de todos los tratados, desde Hiroshima y Nagasaki, más Estados han adquirido armas nucleares, mientras que aquellos que ya las poseen han ampliado sus arsenales.
En teoría, el mundo acepta que una guerra nuclear nunca debe librarse y nunca puede ganarse.
Pero eso no ha impedido que algunos construyan arsenales cada vez más grandes, o incluso que se acerquen repetidamente al borde de usarlos.
Durante la Guerra Fría, falsas alarmas, señales mal interpretadas y enfrentamientos imprudentes casi desataron una catástrofe, siendo el más famoso la Crisis de los Misiles en Cuba.
Ahora el peligro es más complejo.
¿Qué pasaría si los terroristas adquirieran estas armas?
¿Qué pasaría si la inteligencia artificial acelerara la toma de decisiones, sin dejar espacio para la moderación humana?
El riesgo de un error de cálculo hoy puede ser mayor que en cualquier otro momento desde 1945.
Excelencias,
Damas y caballeros:
Gestionar estos riesgos, especialmente en áreas de desacuerdo, es precisamente una de las tareas para las que se creó las Naciones Unidas.
Y como dije en mi discurso de apertura, no es porque no sepamos cuál es nuestra brújula.
No es porque nuestra brújula no funcione.
Tenemos marcos eficaces para reducir los peligros nucleares, moldeados por esta Organización:
El Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares,
El Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares,
Y los tratados de Zonas Libres de Armas Nucleares.
Estos son frenos concretos.
Fomentan hábitos de moderación y mantienen abiertas las puertas para reducciones más profundas.
Pero, como también dije en mi discurso de apertura, los tratados por sí solos no son suficientes. Los Estados Miembros —cada Estado Miembro— debe cumplirlos.
Especialmente aquellos que poseen estas armas monstruosas.
Lo más sencillo sería comprometerse con políticas de no primer uso.
Y en lugar de invertir recursos en nuevos arsenales, deberíamos invertir en la mayor amenaza para la seguridad de toda la humanidad en este siglo: la crisis climática.
Imaginen si usáramos todo el dinero invertido hoy en armas nucleares para combatir precisamente esto: la crisis climática; la injusticia de las divisiones sociales.
Y también deberíamos pensar en el potencial de nuevas formas de esta tecnología, dirigidas a servir a la humanidad de manera constructiva —y segura.
Usada sabiamente y bajo regulación, la tecnología nuclear puede, por ejemplo, diagnosticar y tratar el cáncer, monitorear los océanos y la atmósfera.
Pero también estas tecnologías civiles deben mantenerse seguras.
Porque instalaciones civiles —reactores, laboratorios, universidades, hospitales— también podrían convertirse en objetivos de guerra.
Una vez más, con consecuencias dramáticas.
Y por eso, debemos unirnos para protegerlas, donde sea y cuando sea, para estar mejor y más seguros juntos.
Excelencias:
No vivimos en el paraíso.
Vivimos en el mundo en el que vivimos.
Por lo tanto, debemos ser pragmáticos.
Las armas nucleares existen.
De hecho, existen decenas de miles de armas nucleares.
Y nos guste o no, la disuasión y el equilibrio aún forman parte de arquitecturas de seguridad delicadas.
Pero no son fines en sí mismos.
Aunque no podemos ser ingenuos sobre el mundo tal como es, tampoco podemos renunciar al mundo tal como debería ser.
Está en nuestras manos.
Y como subrayé en la apertura del Debate General, rendirse porque lo hemos intentado y fracasado sería permitir que el mal prevalezca.
Nuestros esfuerzos deben perseverar, no por la certeza de que vamos a ganar, sino porque sabemos que es lo correcto.
Y sabemos que lo correcto es desarmar; reducir el riesgo o la probabilidad de que las armas nucleares se usen alguna vez.
La seguridad duradera no se basa en arsenales en constante crecimiento, sino en el desarme, en la no proliferación y —algún día— en la abolición.
Excelencias:
Hace dos semanas, cuando junto al Secretario General y los representantes japoneses hice sonar la Campana de la Paz por el Día Internacional de la Paz, recordé mi visita a Nagasaki.
Allí conocí a unas estudiantes, quienes me contaron por qué luchan por un mundo libre de armas nucleares.
Porque ellas no vivieron los horrores del bombardeo directamente.
Pero los heredaron a través de generaciones, de sus abuelos, algunos de los cuales murieron por las bombas nucleares, y otros tuvieron que vivir con las consecuencias de por vida.
Esas bisnietas de las víctimas se han convertido en fervientes defensoras de la paz.
Saben, con una claridad sin sentimentalismos, que la humanidad tiene el poder de borrar la civilización en un solo acto imprudente.
Por ellas —y por la memoria de quienes fueron reducidos a sombras en Hiroshima y Nagasaki— resolvamos que sus bisnietas y bisnietos crezcan algún día en un mundo libre de armas nucleares.
Gracias.