En México, el viaje de un Joven Agente de Cambio hacia una mirada compasiva de la salud y la migración
Jürgen Adam, Youth Changemaker en la OIM México, trabaja para mejorar los cuidados de la salud para menores y adolescentes migrantes
Ciudad de México/ Tijuana (México).-Cuando empezó a practicar la medicina hace varios años, el Dr. Jürgen Adam Sánchez creyó que su papel principal era tratar enfermedades. Sin embargo, fue cuando trabajó con menores y adolescentes migrantes que se dio cuenta de que a menudo el dolor más profundo no es físico, sino que está arraigado en las historias que estos jóvenes migrantes llevan consigo a lo largo de sus travesías.
Jürgen se describe a sí mismo como un soñador, pero no uno perdido en las nubes. Es alguien que se levanta cada día con el compromiso de crear un mundo más justo en el que los migrantes y sobre todo los menores reciban cuidados de salud dignos, oportunos y llenos de compasión.
Originario de Puebla, zona central de México, Jürgen ahora está establecido en Hermosillo, Sonora, en donde trabaja como médico especializado en salud pública. A los 29 años, ya ha prestado servicios como coordinador de albergues para menores y adolescentes migrantes, ha trabajado como profesor universitario y como activista. Actualmente trabaja como Youth Changemaker (Jóvenes Agentes de Cambio) para la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Su conexión con los temas migratorios empezó en la Sierra Norte de Puebla, en donde completó su servicio social en un gran centro de salud. Allí fue testigo de cómo muchas personas se iban de sus comunidades para trabajar como jornaleros diarios en la zona norte de México o en la frontera con los Estados Unidos. Fue también allí en donde empezó a comprender que las comunidades rurales estaban perdieron integrantes por motivos tales como la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades, factores que los obligaban a migrar.
Jürgen comprendió que la migración no era simplemente una crisis temporal sino una realidad permanente que requería una mirada compasiva y un compromiso sostenido. “Si la migración es una constante, entonces la salud, los derechos y la dignidad deben serlo”, enfatiza. “Deben acompañar a las personas en cada etapa del camino”.
Esta experiencia tuvo un impacto en él, pero no fue hasta la pandemia de COVID-19 que su vocación médica dio un giro muy profundo. Le ofrecieron el rol de coordinador del albergue del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), destinado a menores y adolescentes migrantes en Puebla. Sin dudarlo, lo aceptó.
Trabajar en el albergue cambió completamente su comprensión cabal de la medicina. Recordó cómo los jóvenes llegaban quejándose por el dolor de garganta que sentían entre otros malestares. Al principio buscaban infecciones y enfermedades, pero muy pronto se dieron cuenta que muchos de los síntomas surgían del impacto cultural. Los niños y niñas de climas húmedos luchaban para poder adaptarse a las condiciones secas y los cambios dietarios también les pasaban factura. Sus cuerpos estaban respondiendo a la experiencia del desarraigo.
Jürgen empezó a darse cuenta de que las respuestas médicas tradicionales no eran suficientes. Era esencial escuchar, observar y empatizar.
Él recuerda un grupo de menores de la costa nicaragüense que llegaron durante la temporada fría con problemas respiratorios. Un niño dijo que tenía la garganta seca y dolorida. Los exámenes médicos no revelaron ninguna enfermedad, pero un tutor advirtió que el aire era demasiado seco. Esa noche colocaron una toalla húmeda cerca de la cama del niño para humidificar el aire. A la mañana siguiente la molestia en la garganta había desaparecido.
“Esto me enseñó que la medicina no tiene que ver solamente con las medicinas o los tratamientos”, reflexiona Jürgen. “A veces tiene que ver con comprender a la persona en su totalidad”.
A partir de sus investigaciones surgió su proyecto de Youth Changemaker en la OIM, un modelo de cuidados de la salud destinado a cuidadores de niños y niñas migrantes, desarrollado con herramientas claras, visuales y accesibles que permiten brindar cuidados dignos aun sin contar con capacitación médica formal.
“Se trata de un manual simple para cualquier persona interesada en los menores y adolescentes migrantes”, dice el Dr. Adam Sánchez. “Brinda estrategias para prevenir enfermedades y enseñar qué hay que hacer si apareciera una, incluso adónde ir a pedir ayuda y saber con quién se puede contar, por más que los usuarios del manual no sean profesionales de la salud”.
Su trabajo confirmó una verdad crucial: quienes cuidan de personas migrantes en los albergues con frecuencia no son trabajadores de la salud sino agentes claves para su bienestar. Desarrollado a través de experiencias en Puebla, Hermosillo, Ciudad Juárez, Tijuana y Mexicali, el modelo ha sido diseñado para adaptarse a los distintos contextos migratorios de México. Su principio central es muy claro: los cuidados de la salud para las personas migrantes deben estar basados en los derechos humanos.
Jürgen ve en los jóvenes migrantes la oportunidad propicia para romper con los ciclos de violencia que obligan a muchos a irse. Cree en su potencial para desarrollar vías humanas y dignas siempre y cuando sean escuchados y reconocidos como los protagonistas de sus propias historias.
El doctor cree fervientemente que nadie debe enfrentar tamaños desafíos en total soledad. Para él, el desarrollo de redes de apoyo de pares es tan importante como asegurar el acceso a los servicios.
“Siempre habrá seguramente otras personas que comparten el mismo compromiso que yo, a quienes les importen estos temas, y crecer juntos como equipo es esencial”.